Octubre se me atraviesa como las
mujeres de Borges para estorbar el paisaje cotidiano de las horas y prodigarme
buenas noticias relacionadas con mi vida en España. Más allá de lo personal,
aparece entonces en la realidad cubana, un nombre inseparable a la beligerancia
isleña estallada el 10 de octubre de 1868: Carlos Manuel de Céspedes.
Durante años en el dogmático
sistema educativo cubano, el bayamés Céspedes parecía un hombre meteorito colisionando
contra una fecha, para de la noche a la mañana convertirse en prócer, paradigma
y llevar el epíteto de Padre de la Patria. Recuerdo, hará cosa de año y
medio, a un joven altavoz del régimen cubano interviniendo en un programa
infame y haciendo gala de una ignorancia descomunal, comentar sobre cómo era
posible que Céspedes decidiera iniciar una gesta independentista sin tener
referentes sobre los cuales inspirarse. La aseveración tan pueril y desacertada
me confirmó, además de la consabida molestia suprema, la preferencia del régimen
cubano de levantar jóvenes banderas con soberanos agujeros en su tela crítica.
Sin embargo, pasados un tiempo de
fecundas esperas, la novela biográfica El camino de la desobediencia cayó
en mis manos por la ventura de tener a su autor como azaroso amigo en estos días
gallegos, ya convertidos en años, y a partir de entonces, el hombre más que el
nombre: Carlos Manuel Perfecto del Carmen de Céspedes y López del Castillo, se
corporizó mediante la contundente ficción lograda por Evelio Traba con paciencia
y minuciosidad de literario orfebre.
Disfruto en sobre manera la ficción histórica y El camino de la desobediencia (ECDLD) es un libro capaz de romper la piedra de las circunstancias como un manantial bajo la montaña de años, lecturas, viajes y experiencias, que el lector dispone a partir de la pluma de un Céspedes quien escribe sus memorias necesitado de desahogarse en el papel, para relatar cuanto de niño y joven, ha quedado en sus entrañas de cuarentón.
Evelio Traba, entonces con la
cautela de un narrador experimentado, devela en el tránsito vital de Céspedes,
los elementos que componen la argamasa que une los adoquines por donde transita
el intrépido niño Carlos Manuel, cuyo carácter en formación, refrenda el título
de la novela. Pero no es ECDLD un libro de loas o justificación para
relativizar la figura del héroe bajo el prisma de las circunstancias, si no teniendo
en cuenta que se trata del protagonista quien ejecuta la narración, el lector
puede encontrar en sus acciones cuanto de volátil, generoso, egoísta o imprudente
puede llegar a ser una persona movida por anhelos o impulsos. La imperfección
del Carlos Manuel de Evelio Traba, constituye entonces uno de los elementos mejor
estructurados en el movimiento biográfico-psicológico que realiza su autor,
mientras dirige una sinfonía de pasajes y verbos, que hacen gala de la
sensibilidad y las conexiones inevitables entre el Céspedes poeta y bayamés con
el propio Evelio, también oficiante de versos y coterráneo del protagonista.
Aunque sea inevitable durante la
habanera adolescencia de Carlos Manuel, establecer un paralelismo con la obra
de Leonardo Padura La novela de mi vida también ficción novelada sobre
el mal logrado bardo José María Heredia, por coexistir el bayamés y el autor de
Oda al Niágara brevemente en una misma ciudad y siendo Cuba en esta
primera mitad del siglo XIX provincia ultramarina de España, Evelio consigue, realizando
un claro homenaje a la obra de Padura, desligarse de cualquier suspicacia
nociva que lo emparente con la magistral novelada biografía del exiliado poeta
santiaguero.
Encontrará entonces el lector, cómo se forjan las lealtades y cuáles son las influencias de un joven que busca su lugar en el mundo. De esta forma, Evelio consigue humanizar al prócer, dándole espacio también a irrefrenables e inevitables apetitos sexuales y furias apaciguadas por el manto de los días que cubre la existencia del joven que pone ojos en la milenaria Europa como una forma de completar no solo sus estudios de abogacía, también de conocer mundo e incorporar a su sensibilidad conocimientos y vivencias.
Cabe hacer entonces un reconocimiento
a los logrados pasajes que plantea Evelio en ECDLD con el Céspedes peregrino.
Durante la concepción de la que tal vez sean las más cautivadoras escenas de la
novela, Evelio concibió dichas narraciones en una época casi analógica en su
Bayamo natal, utilizando enciclopedias y mapas como medio para transformarse en
decimonónico alarife de las ciudades visitadas por el recién graduado abogado, para terminar conformando, una atrayente ruta cespediana. Es el europeo siglo XIX atravesado por
Céspedes, un continente en relativa calma, haciendo este trayecto, una oxigenación
narrativa para los inciertos años venideros del protagonista lanzado a la
lucha por la independencia de Cuba.
Destacable además, son las teselas
juanrulfianas acontecidas como entre actos. Con brevedad acertada, Evelio incorpora voces de
difuntos relacionados íntimamente con Céspedes, desde su prima y primera esposa
María del Carmen Céspedes y del Castillo, hasta el bravo y civilista Ignacio
Agramonte, retado a duelo con el entonces Presidente de la beligerante República de Cuba en Armas,
por quien sin embargo prodigaba lealtad y admiración.
Utilizando las conjeturas, irremediables abatimientos ante la pérdida de seres queridos, como esposa e hijos, simpatizar o presentar resquemores con un hombre que siente a veces o deja escapar en pensamientos un inquietante y llamativo síndrome del escogido dadas las circunstancias a las cuales se avoca, las contradicciones, remordimientos del políglota y traicionado Céspedes, consiguen desmitificar al prócer.
ECDLD no un libro de
complacencias y su ambición no es otra que recuperar la memoria como
certidumbre a través de personajes capitales, siendo Carlos Manuel de Céspedes protagonista
e iniciador de años crueles, siempre enturbiados por las glorificaciones
absurdas de quienes gustan marmolear hombres, para reconvertirlos en petrificados
símbolos. Aunque es inevitable no contar con el beneplácito semejantes captores
de la Historia, desde la ficción, Evelio Traba con su magnético Céspedes, en esta
novela inevitablemente ligada a Octubre, extrayendo de un carcaj literario con
desobedientes saetas, practica tiro al pasado con certera y admirable cualidad.


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