A veces me ataca la sensación de
haber llegado tarde a muchos lugares y experiencias. Me ocurre a menudo con libros,
películas, canciones, músicos, autores... Una lista casi siempre vinculada al
arte, pero de forma ineludible entremezclada con mi tránsito vital.
Cuando tenía 21 años, me cambié
de universidad. Entonces, en el occidente cubano comencé a paladear esa textura
de añoranza desconocida hacia algo no vivido: Esto no es lo que solía ser; tal
vez no de forma literal, pero es una expresión que mejor definía la sensación percibida.
Las generaciones y personas que cursaron
mi universidad en esa época lógicamente habían cambiado y con ello se llevaron
el espíritu que habitó sus años universitarios. El presente que me tocaba vivir
y experimentar, parecía simple polvo de tiza ante la dimensión de anécdotas y
vivencias, obviamente vinculadas al siempre disfrutable ambiente hedonista de
una universidad.
El cuestionamiento de ¿por qué
no vine antes? comenzó a perseguirme desde entonces. Un año y medio más
tarde de mi arribo a esa ciudad donde cursé mis dos últimos años de carrera, pude
concretar otro anhelo: iniciarme en la masonería, producto a la influencia trascendental
que ha tenido en mi vida José Martí. Adentrado en el mundo de la fraternidad,
ese habitual fantasma de lo que ya fue, también hacía recurrentes apariciones
en los diálogos de otros hermanos veteranos de mi Madre Logia. Entonces
¿también llegaba tarde a la concreción de un deseo?
Para incremento de fatalidades
desde 2019 vivía en una Habana en franco declive, como casi todo el país, la
sensación de agotamiento dilatado, diría que resaca de los inéditos años
prósperos de la capital durante los dos últimos años del mandato de Barack Obama
que beneficiaron de manera meteórica la vida social, turística y económica de
la capital, con la misma rapidez del ascenso, años espejismo, la contundente crisis
se estrellaba contra el asfalto de la realidad. Graduado como ingeniero, disfrute
apenas los escombros de una etapa tórrida de eventos políticos y culturales,
como el concierto de los Rolling Stones, a los que por empecinamiento
aventurero y descreyendo en la fatalidad geográfica sí pude asistir. Pero eso
fue solo un amago y escape a la sensación de constante tardanza que parecía siempre
abordarme.
Sin embargo, escribir y leer eran
constantes infinitivos mientras me enfrentaba a realidades inclasificables y kafkianas
en aquella capital, como las desventuradas experiencias de la eufemística llamada:
Coyuntura; cuando la momentánea escasez de combustible fue tal que debió, casi
por ley, apelarse a cualquier medio de transporte estatal para mover a millones
de personas en toda la isla, mientras se ¿resolvía? aquella puntual carencia de
una magnitud insondable y en cierto sentido fatalista con inevitables tintes de
tragicomedia. En ese entonces, vivía dividido entre constantes viajes todos los
fines de semana a la occidental ciudad de Pinar del Río y durante uno de aquellos
barrocos viernes, monté un camión abarrotado y tuve que viajar parado en una pierna
cerca de hora y media.
A lo que sí llegaba
irremediablemente temprano era a las malas experiencias, propiciadas en grandísima
medida por la ineptitud política que rige mi archipiélago natal. Pandemia, soledad,
desorbitada inflación, represión política, escasez y temprana frustración
laboral, aparecieron como una avalancha tropical en aquellas circunstancias
donde hacer retrospectiva de vivencias y preguntarse cómo fue posible sortear
todo aquello, se hace verdaderamente difícil.
Pero aun así, luego de haberme
liberado de cadenas laborales vinculadas a la profesión que estudié para dedicarme
a escribir contra todas las posibilidades, la sensación de tardanza, como
melancolía censada en la ciudad de mis pensamientos continuaba paseándose sin
mayores percances. Bukowski, en ese inclasificable documental biográfico: Born
to this también afirmó que el placer, las mujeres y el éxito literario, habían
llegado demasiado tarde para él. Sin haber llevado a semejante extremo de
vivencias lo ocurrido con mi vida hasta llegar a España en 2023, ese lo que
solía ser estaba empecinado en dejar trazas de realidad en mis vivencias y
descubrimientos.
¿Cuál era entonces el antídoto para curarme de
ese extraño padecimiento de melancolía? Refundarme irremediablemente para
saborear la deleitable sensación de lo originario. Hace poco cumplí dos años en
España, donde la libertad plena, útil y fecunda ha repercutido en dejar atrás
esa novedad de lo ya precedido.
Aunque inevitablemente encuentre
otros lo que solía hacer en voces de quienes se me adelantan en años,
lecturas y vivencias, puedo saberme afortunado, a veces de manera insospechada,
de cuanto por descubrir, escuchar, crear y leer me esperan en el presente continuado
que habito.
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