El Galgo debe correr. Es un cazador cazado. Ha caído en la trampa de su violento oficio, mientras la noche se apresura para convertirse en amanecer. Gatillero es una película hectómetro. Los cien metros de su trama convulsa, impetuosa, desorbitantemente hermosa y desbordante, no dejan tiempo a reflexiones, ni espacios para la condescendencia. El barrio de Isla Maciel está rodeado por un megalodón de asfalto llamado narcotráfico. Rehenes del crimen buscan una justicia negada por la corrupción y el desamparo. Más la fe, en una de las más extrañas ejecuciones de metamorfosis, surge envuelta en nubes de pólvora y escapes.
Gatillero; integrante de la Selección Oficial Internacional del 30 OUFF, escrita, dirigida y también
filmada por Cris Tapia, es una creación inaudita del cine nacional argentino.
Si bien las producciones televisivas y fílmicas de la tierra de Manu Ginóbili han
logrado impregnarse en la cultura colectiva generacional, para volverse
referencias y obras de culto en Hispanoamérica, esta vez la crudeza de una
historia barrial, cruza fronteras cognitivas y empáticas, para asestar una
canasta de 3 puntos en el último segundo de un partido definitorio.
De concepción intrépida, Gatillero
emprende su carrera en un vertiginoso plano secuencia que hace al espectador
participe de su trama, lo mismo trepando azoteas, escalando muros, saltando
bardas o sentándose en automóviles donde los diálogos profusos de la jerga del bajo
mundo en el conurbano bonaerense, producen un arrobamiento cautivador.
Especial atención merece su protagonista, Sergio Podeley, al interpretar tan vertiginoso personaje quien debe continuamente, mientras se escurre de los gatillos encargados de hacerlo quedar como responsable de un crimen no cometido por él, pasar de la furia a las lágrimas conmovidas con una rapidez propia de la situación enfrentada.
Si bien en LATAM, existen grandes
logros cinematográficos como Amores Perros (Alejandro González Iñarritu,
2000) Ciudad de Dios (Fernando Meireles, 2002) o Conducta (Ernesto
Daranas, 2014) respecto al asumir la violencia, sus códigos y consecuencias en
una comunidad, generadas por el efecto centrifugo de las sociedades, quedar en
el extrarradio de cualquier amparo e interés gubernamental por mejorar la vida
de las personas, ha tenido como réplica la puesta en escena de un rodaje ambicioso
y trepidante, amparado en la ficción como mejor forma para expresar lo verídico
de su historia.
Gatillero, con la bella
poética de su crudeza ha conseguido instalarse en el páramo de filmes, sin
interesar paralelos o idiomas, zapadores de verdades. Bucear en la oscuridad de
su trama pude conllevar a comprobar improbabilidades o la ratificación que ciertas
realidades, como el narcotráfico y su inherente violencia, coexisten impunes y a veces invisibilizadas por ciertas pócimas aderezadas con el gramaje de
billetes cegadores.
Destacable en el proceso de
realización de la película, fue el involucramiento de la comunidad de Isla
Maciel en el rodaje de Gatillero, mientras que la violencia, disparos y
riesgos acechaban después de la frontera de mesas, extras y focos instalados en
el cinódromo por donde el Galgo corre buscando probar la inocencia y
desconocimiento de una muerte por la cual su dedo índice no es responsable.
Más no todo es una carrera. Los
oasis dramáticos de Gatillero, utilizados con inteligencia por Tapia,
otorgan puntuales treguas al espectador y develan cómo y por qué una mano
todopoderosa, en principio referencia constante, ha trazado una diana en la
nuca del Galgo.


Frente a un cine donde la violencia se maquilla con los perfiles de viñeta de comic y se vende como producto de consumo de caducidad marcada, que es en lo que se ha convertido el vino de acción de Estados Unidos, emerge un cine más descarnado, donde la violencia no se exhibe, se muestra con la intensidad que se necesita para poderostrar y dar a entender la crudeza salvaje de los márgenes de la vida en los márgenes realidad.
ResponderBorrarGracias por leer y comentar!
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