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El milagro de la naturalidad

 

Cuando llegué a España, específicamente a Ourense me enfrentaba a varias incertidumbres. No saber cuándo volvería a estar cerca de los míos quedados en el archipiélago. La fragilidad de mi condición legal, por ese momento y durante 2 años: irregular. La estrechez económica; si bien jamás me faltó techo, comida (en abundancia para mi voraz apetito con memorias del subdesarrollo) y otros tipos de inconmensurables afectos y solvencias prodigadas por mi familia de acogida, la limitante monetaria se extendía, y extendió, a llevar ropa traída de Cuba o regalada en Madrid.

Hay pesares que exceden paréntesis

Entonces, con tantas mañanas por descifrar, conociendo el desbalance en mi báscula afectiva y emocional, debía atravesar ese particular desazón con la única e intangible herramienta disponible: la paciencia. Por supuesto en la medida que se extendía ese plazo de fechas donde llegar a lo anhelado parecía algo remoto, tuve libros, películas, incluso tiempo para escribir, además de viejos y nuevos amigos como puntuales compensaciones. Sin embargo, hay pesares que exceden paréntesis y en el interludio de una lectura, la trama de un filme o la conversación evocadora y anecdótica, regresaba continuamente al: ¿hasta cuándo? como pregunta constante. Manejar el desasosiego con pausado estoicismo puede resultar un ejercicio tan demoledor, que sobreponerse resulta un tránsito igual de extenso.  

Entonces, pensado también en la estrechez de los míos Atlántico mediante, en sus rutinas de carencias y tribulaciones ¿acaso tenía derecho a presentar con ellos o conmigo mismo queja alguna? A veces la crueldad no necesita de un tercero para verse materializada. Ser implacable con el reflejo, puede hacerte momentáneamente irreconocible. Pero las dualidades y las paradojas también nos habitan. Migrar y saberme víctima de cuños, plazos y resoluciones, no era razón para bloquear el acceso a mi software sentimental.   

Una mañana, obligada a palpar en código Braille con los dedos de esa paciencia en ciernes, caminaba por la avenida de Progreso antes de sobrepasar las siempre cautivadoras As Burgas. Entonces en la última planta de un edificio, observé a un señor en albornoz abriendo una ventana para fumarse un cigarro. El gesto. La pausa. Su mirada de matutina despreocupación. El encendido de aquel cigarro con la tranquilidad de saberse al menos allí, momentáneamente libre de responsabilidades por cumplir, me dieron la clave: debía llegar a esa calma como magnífica circunstancia. Tal vez cuando cerrara la ventana, el señor del albornoz debía transfigurarse en Atlas y soportar el peso de un mundo desconocido para el observador unos metros más abajo.

Las hebras de ese invisible tejido

Aquella precisa y justa calma, se volvió para quien hacía malabares con los remolinos del pensamiento, una aspiración suprema. A veces el milagro de la naturalidad, para sus portadores es tan desconocido por asumirlo corriente, predestinado y tan natural, que observar las hebras de ese invisible tejido requiere lamentablemente; o tal vez no; saberse con las manos llenas de heridas, por haberse pinchado decenas de veces antes de colocar las agujas en el acerico de la existencia anhelada.

Entonces, fui convirtiendo toda la fuerza mental disponible en piedras sobre las cuales erigir una torre como inusual alarife. A esa calma observada, tan simple y sobrecogedora, que parecía desde mi perspectiva incierta, una manifestación clara de lo sobrenatural, debo mucho de lo cuanto desde entonces, ha sido.

Por supuesto, quedan decenas de lugares por conocer, libros, películas, reencuentros con amigos arribados a la península. La lista de ocurrencias es disímil, variada, intensa. Al menos, desde un segundo piso (y sin un cigarro) puedo replicar el gesto revelador de aquella mañana: ya tengo el albornoz. 


 

Pensar es un acto sin diplomacia y escribir supone romper pactos con la mesura. Leer, es una biografía de la pausa. Bienvenidos

Comentarios

  1. Hermosa narrativa, eres muy valiente y profundo.

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  2. Muchas felicidades ya tienes albornoz, tienes más que el leopardo pq tienes buenos amigos.

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  3. Muchas felicidades Ale a pesar de los pesares fuiste un valiente guerrero de la vida y de la narrativa. Dios te bendiga grandemente e ilumine las sendas por dónde has de transitar. Éxitos en todo lo que emprendas!!!

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