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Refugiar nuestros sueños para que no se mueran de frío

Hace varias semanas que no me siento a ver una película. Las exigencias del trabajo y priorizar el tiempo disponible para leer "Archipiélago Gulag" antes de devolverlo a la biblioteca me han absorbido todo el tiempo que suelo combinar con el cine.

El sábado anterior, tras una planificación fulgurante, por fin pude visitar Allariz, una ciudad cercana a Ourense que conserva, como muchas partes de España (diría que de toda Europa), fragmentos de historia impregnadas de sus calles e iglesias centenarias. De camino, al rodear la iglesia dedicada a Santiago Apóstol en el centro, encontré una fotografía de Fernando Fernán Gómez y luego una placa conmemorativa del centenario de este prolífico artista.


Fue entonces cuando, al leer sobre “La lengua de las mariposas” y enterarme de dónde se filmaba la película, que conocía pero no había visto, tuve la idea fija de sentarme a disfrutarla en cuanto pudiera, y así fue.

Para aumentar el placer de las coincidencias, también me enteré hace unas semanas de que mi maestra Margarita, encargada de enseñarme a leer y escribir, estaba en España, para estar más cerca de un próximo abrazo en A Coruña. Es a mi maestra a quien le debo mucho de lo que sucedió a lo largo de mi dispar aprendizaje. La deuda por esas primeras palabras aprendidas es inestimable, porque la ternura de su enseñanza recaía en el adulto que se descubrió también alumno de Don Gregorio en ese pueblo gallego donde transcurre la historia de "La lengua de las mariposas".


Ver cómo la inocencia de Moncho se detiene ante las preguntas y, con la audacia propia de los niños, afirma y contradice, me trajo de vuelta a los años en que ser niño era un profundo misterio ante la vida que se desarrollaba a su alrededor. Pero la infancia del niño de esta película es una mecha que va directo al polvorín de las emociones, pues tuvo lugar en una época donde la desproporción creó una fiesta macabra a ambos lados del espectro político en aquella España donde, según José Lezama Lima, la grosería mató a Federico García Lorca.

A propósito de Lezama, ver la tierna relación de aprendizaje entre don Gregorio y Moncho me hizo recordar, por vanidad autoral, un cuento que escribí hace unos años llamado "El barrio del Almirante" sobre un niño llamado Atila que, gracias a una travesura mal ejecutada, conoce al autor de "Paradiso", por entonces condenado al más rudo ostracismo.

En una escena de la película, Don Gregorio le presta a Moncho «La Isla del Tesoro», mientras que en mi relato, Lezama le presta a Atila «Los Viajes de Marco Polo». La similitud del gesto y lo macabro del futuro, en ambas épocas, me hicieron pausar la película y anotar la idea. Una vez más, el revólver de los años parece almacenar en su tambor balas de causalidades en lugar de coincidencias, para dispararlas en momentos inesperados.

Antes de que don Gregorio le entregara el tomo a Moncho, su diálogo: «En los libros podemos cobijar nuestros sueños para que no mueran de frío» me hizo dar un giro chispeante a todos esos pensamientos y anhelos, algunos concretos, de quienes jugamos a la ruleta rusa (valga de nuevo el revólver) con nuestra realidad designada.


Ver una buena película siempre trasciende su historia. Ese refugio ficticio en "La lengua de las mariposas" me ha dado algo en qué pensar, reafirmar y escribir hoy.

Pensar es un acto sin diplomacia y escribir supone romper pactos con la mesura. Leer, es una biografía de la pausa. Bienvenidos

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