Cuando trabajé como ingeniero durante dos años en una fábrica
de muebles, choqué a 120 km/h contra el muro de la frustración. Un entusiasmo
mal calculado y verme nadando en el mar proceloso de la vida real me hicieron
náufrago momentáneo de los cuestionamientos. En 2019 asumí un departamento
desarticulado, sin personas capacitadas para las decenas de funciones que debía
desempeñar. Entonces, para justificar aquella puntual necesidad, realicé un
diagrama causa-efecto donde exponía el porqué de inyectar capital humano —cual
antibiótico— al cuerpo maltrecho del cual era responsable.
Quien por entonces dirigía aquel lugar dejó mi proyecto encima
de su buró, riéndose de la forma y herramienta concebida por mí. El tiempo y la
influencia de otra persona, con un cargo superior, que entendía mi necesidad de
recomponer aquel sitio, me dieron la razón. Pero esa fue una de las primeras
señales inequívocas de los tropiezos y manipulaciones de las cuales fui
víctima.
Ese período de aprendizaje y decepciones lo observo ahora con
tranquilidad y cierto grado de satisfacción, por saberme conocedor de cómo ofician
los gatopardistas y cómo la mediocridad no soporta rivales a su estado natural
e intenta llevarte, inexorablemente, a su nivel de profundidad para ahogarte
sin más.
A lo largo de la vida y sus ámbitos, existen disímiles formas
y enemigos del entusiasmo. Los rivales de las buenas intenciones siempre utilizarán
máscaras de cordialidad o, en el mejor de los casos, emprenderán injustificadas
batallas para derrotarte. Esos son los preferibles: quienes con gestos y
palabras abren el caudal de las razones injustificadas para agredir. Pero en
ese combate sin aceros mellados o pendones cayentes, la experiencia es un
tronco al cual aferrarse en el río por donde fluye el agua de la paciencia.
Lidiar con la subestimación, recibir en pleno rostro el guante
de las incomprensiones para un desproporcionado duelo o ser víctima de pequeñas
derrotas cotidianas puede ser capaz de vaporizar muchos propósitos. Pero ¿qué
nos queda entonces cuando momentáneamente se termina el combustible en el motor
de nuestras ambiciones? Terry Fox recorrió, con una prótesis de pierna y un
cáncer terminal, 5373 kilómetros a través de Canadá. Autoderrotarse hubiera
sido una solución asequible, cómoda; pero Terry simplemente negó el maligno
vaticinio de su organismo y corrió por un bien mayor, supremo. Hoy es leyenda.
El tiempo puede ser un grandísimo cabrón o el más infalible de
los aliados; es cuestión de saber cómo interpretarlo y, si no queda más
remedio, correr hacia adelante por una autopista invisible.

🥲
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BorrarMuy buen artículo.el mejor aliado para un profesional es la perseverancia en busca de la evolución propia y común
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