Una ciudad, a pesar de ser pequeña, tiene la capacidad de volverse infinita; es como el Aleph de Borges. Todos son extraños, pero conocidos. Soy un apasionado del cine argentino y China Zorrilla —una de las actrices, aunque uruguaya, más recurrentes en mi época de descubrimiento y exploración de la cinematografía de ese país— se volvió una figura recurrente.
Precisamente acerca de China, unos años atrás vi un homenaje donde uno de sus amigos comentó cómo, en un acto de desprendimiento, ella le "prestó" 17 mil dólares a un taxista al que vio aquejumbrado. Aquel hombre enfrentaba una deuda que lo tenía sumido en una crisis personal, más allá de lo financiero. China, después de escuchar su confesión, extrajo el dinero de su bolso (pues recientemente lo había cobrado de alguna producción) y se lo entregó con la única exigencia de que se lo devolviese cuando pudiera.
Un par de años más tarde, aquel taxista tocó el timbre de China para regresarle el dinero. Esa confianza en los extraños y la manera de sentirse retribuida por haber hecho el bien sin reparos me impresionó y, en cierta medida, intento aplicarlo dentro de mis lógicas posibilidades.
Una noche impronosticable, lo que inició con unas cañas terminó siendo una jornada de "rolas" por diferentes pubs de Ourense. Regresábamos a casa cerca de las 2 a. m. cuando un señor vestido con un mono deportivo comenzó a hablarnos acerca de dónde vivía.
—¿Qué necesita? —pregunté, intuyendo que el dinero sería el objetivo y asunto de aquel abordaje de madrugada.
—Es que salí a caminar y me dejé la llave con el móvil arriba. Mi madre es mayor y está dormida. Necesito 17 euros para completar lo que me cuesta un cerrajero.
Le dije que nos acompañara hasta el próximo cajero automático para darle 20 y que pudiera resolver aquella situación. En el trayecto, al detectar nuestro acento, preguntó si éramos de Colombia; respondimos que de Cuba.
—Ah, porque mi exmujer es colombiana...
De inmediato comenzó a relatarnos varias anécdotas de infidelidades cometidas por aquella persona, las cuales duraron lo que tardamos en cruzar el Puente Romano y darle los 20 euros que supuse salvadores.
—...gonorrea, hijoeputa —dijo varias veces, imitando el acento de los cuatro hijos que se había traído consigo la señora y que, de paso, pretendía pagar con sexo a un abogado para tramitar el divorcio con aquel caminante desafortunado.
Le deseamos buena suerte luego de darle mi número de teléfono en un papel para que, cuando resolviera el tema del cerrajero, me los devolviese.
—¿Y si todo es mentira? —preguntó Dainelys. Las mujeres siempre han tenido una capacidad innata para detectar cuándo el puzle de los relatos tiene piezas encajadas a la fuerza.
—Tal vez. Solo hay una forma de saberlo.
Entonces le relaté la anécdota de China Zorrilla y el taxista. Además, la cantidad tan específica solicitada, los detalles sobre dónde vivía y a qué se dedicaba, y el "plus" de la malograda relación transoceánica tenían demasiado de verdad en esa puerta abierta de madrugada. Se me hacía difícil sospechar del aserrín acumulado en los rodapiés de una petición, a todas luces (nocturnas), urgente.
Los días transcurridos sin novedades telefónicas de aquel hombre fueron la confirmación del grandísimo timo. Mi voluntad de ayudar a quien lo necesite tampoco se vio afectada por ello; simplemente fue una cuestión de, como China, confiar en los extraños cuando la necesidad es el pincel que pinta el retrato de las palabras.
—Estoy seguro de que algún día me lo encontraré por ahí —fue mi respuesta.
Y como en el Aleph de Borges, los extraños resultaron conocidos. El pasado sábado, bajando una cuesta breve, una persona que cerraba la puerta de un coche me preguntó si yo era de Ourense.
—La aguja del coche la tengo baja, es por la gasolina, somos de Soutopenedo y...
De aquella madrugada de cerrajeros inexistentes, recordé un detalle del desafortunado caminante: un arete en su oreja izquierda. Observar este adorno plateado me hizo confirmar, a pleno sol, que este espigado Tom Ripley era la misma persona.
—¿Eres colombiano?
—No, soy cubano.
—Ah, mi mujer es de Colombia, está ahí dentro del coche...
Frente al solicitante mantenía cara de póker, pero dentro de mí estaba erupcionando un volcán de carcajadas.
—Entonces es para...
—Señor —lo interrumpí—, yo a usted hace un tiempo le di 20 euros para que llamara a un cerrajero.
—¿Cuándo? —preguntó, y la seguridad de su relato timador desapareció de su cara de hombre necesitado. En la permuta del gesto detecté cómo el saberse descubierto lo ponía nervioso.
—En el Puente Romano.
—Ah, sí... mira, anota su número —indicó la esposa, la misma que noches atrás describió como infiel.
—Perdóname, ¿eh? —Me extendió la mano y, al estrechársela, me resultó llamativa una herida en el dedo índice, como un surco rojizo donde el arado de una caída dejó su marca.
—No se preocupe.
Por dentro continuaba mi risa. Al poco de darle la espalda, arrancó el coche (supuestamente con poca gasolina). Ese reencuentro premonitorio con el caminante otra vez necesitado y su pareja —con quien asumí se había reconciliado, para darle sentido o malicia a sus descripciones— me devolvió la certeza acerca de los infinitos de las ciudades pequeñas: todos son extraños, pero también conocidos, como el borgeano Aleph.
Posdata: No he recibido todavía la confirmación del dinero devuelto; supongo que demorará en llegar.


Un excelente relato. PARABÉNS
ResponderBorrarGracias
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