Hace unas semanas conversaba con un amigo a propósito de una serie de cuestionamientos personales acerca de los propósitos, las intenciones y sobre cómo a veces debíamos sufrir una serie de "pequeñas humillaciones" mientras, cual Tom Hanks, navegábamos en una balsa por el mar abierto, sujetos a los oleajes y lo desconocido bajo la superficie de los días que pasan.
Cuando se espera por una respuesta, una decisión capital sobre
propuestas donde van injertadas las metas que suponen un cambio de realidad, en
ese proceso de cuenta atrás, podemos vivir jornadas con capacidades
radiactivas. Pero al Chernóbil de nuestros pensamientos corresponde también un
domo aislante, donde la materia destructiva permanezca contenida, sin
posibilidad de expandirse y contaminar la atmósfera de las pretensiones.
Estar sujeto a golpes de frustración en el ring de la vida es
una probabilidad tan cercana como ese choque de guante al mentón; pero una vez
derribado, levantarse de la lona, sobreponerse y volver a subir la guardia
dependerá de cuántas veces la disposición forme parte de nuestra estrategia
vital. A propósito de ello, pienso en el genial Daniel Rabinovich, de Les
Luthiers, hablando por teléfono en ese sui géneris consultorio antisuicidios: Hombre,
no se preocupe, la vida es hermosa...
Para esa infección llamada tristeza no queda otra que el
antibiótico de las sonrisas. No es una cura infalible, pues como cualquier
medicina, cumple su función y el resto queda bajo nuestra responsabilidad:
diseñar un nuevo método para llegar al otro lado del océano y, quién sabe, como
Tom Hanks en El Náufrago, aparezca un barco y nos rescate. Quedarse en esa isla no es la opción. Las olas, por fuertes y gigantes que sean, también
descienden, retroceden y se vuelven espuma.


Supremo el final
ResponderBorrarte siento triste. ¿me equivoco?
ResponderBorrarTodo lo contrario...
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