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La libertad de las responsabilidades

 

Hace unos meses hablaba con unos amigos acerca de cómo era posible ejercer la libertad. No se trataba de la expresión disidente; en el más correcto y justo sentido; acerca de criterios o formas, sino de tener la disposición de ser libre con solo proponerse cualquier iniciativa. Una de ellas fue el más reciente viaje que hicimos a Madrid.

Más que un antojo repentino, en la medida en que avanzaron los días por esa urbe de caos y deslumbramientos, la forma de entender la magnitud de la libertad (desde una personalísima interpretación) se tradujo directamente en el cansancio fértil de haber recorrido y formado parte de esta capital, hoy consulado del mundo.

La primera visita fue al Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. La austera magnificencia es, probablemente, una de las mejores descripciones de este lugar concebido para el santo que, según la interpretación de Felipe II, protegió y ayudó a triunfar a las tropas españolas en la batalla de San Quintín.




Frescos, columnas, pasillos y cuadros de Tiziano, El Greco y Velázquez ocupaban su sitio para desconcertar a quienes transitan los mismos espacios donde, en siglos previos, edictos, misas, reuniones y gestos constituían las intimidades mayúsculas de un imperio. En ese camino de centurias, cada columna, escalera, inscripción latina o griega actuaba como mensajero de la confirmación. Al navegar por el océano de la historia como si de una carabela o nao se tratase, indudablemente el viento a favor conducirá a la tierra firme e indómita de las certidumbres.



Después llegó Toledo, Toletum o Tulaytulah, según se prefiera en el triunvirato de culturas que todavía persiste en edificios y nombres. Era mi segunda vez en esta "ciudad en lo alto", pero el arrobo de la antigua capital imperial, cuya águila bicéfala de Carlos V todavía sobrevuela rutas y souvenirs, continúa residiendo en el Alcázar: construcción renacida en varias ocasiones, como si en cada escombro que fue, una estructura invisible todavía se mantuviera firme ante asedios y bombardeos. Circundada por el río Tajo, cada cuesta de Toledo dejó, similar al Escorial, un agotamiento proverbial, frondoso y pleno, gracias a esa circunstancia de poder elegir, incluso sin la —a veces necesaria— diplomacia de las antelaciones.


Hemos regresado a la dulce cotidianidad, sentida como extraordinaria hace unos meses, pero ya asentada en los párpados de los horarios y los deberes. ¿Acaso no puede existir la libertad de las responsabilidades? No librarse de ellas, sino ejercerlas como una forma de asfaltar la carretera personal hacia los anhelos.

Entre esas responsabilidades, la liturgia de escribir se me hace inevitable. Es un deber no solicitado que solo responde a una necesidad personal, de innegable vanidad, pero que, sin embargo, no deja de serme necesaria. Quizás, en esa transmisión de experiencias redactadas en este jueves soleado, alguien pueda sentirse identificado y entonces comenzarían a cobrar forma las recompensas de la plenitud.

De regreso a la conversación con mis amigos, a veces disfruto saborear en mis pensamientos el verso de Carlos Varela cuando dice: La libertad solo existe cuando no es de nadie. Porque ser custodio de esa particular desposesión debería ser, también, una responsabilidad.

Pensar es un acto sin diplomacia y escribir supone romper pactos con la mesura. Leer, es una biografía de la pausa. Bienvenidos

Comentarios

  1. Es complicado saber cuales son los límites de la libertad y como ejercerla en un mundo tan interrelacionado y con sociedades tan dispares. Es más una capacidad de autolimitarse en ese ejercicio de libertad, sabiendo hasta donde uno puede llegar, y conociendo y reconociendo aquellas fronteras que surgen en los demás.
    Un abrazo.

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