Hace unos años leí una de las últimas entrevistas que le
realizaron a Sinéad O’Connor en su residencia, donde el entrevistador describía
que la cantante no tenía sillas ni cualquier otro mueble en la sala de su casa.
Cuando leí aquello, la imagen de Sinéad riéndose me vino a la mente. Ella
aseguraba que, particularmente, no le gustaban las visitas y disfrutaba estar
sola; por eso la ausencia de sillas, para que cualquier arribo no se prolongara
más allá de lo justo.
No es que ser anacoreta o cualquiera de sus variantes me
atraiga, pero reconocerme en la respuesta de Sinéad cuando afirmó disfrutar de
la autocompañía me hizo confirmar la aceptación de una circunstancia que por
años me parecía molesta: la soledad. Aunque de esta palabra existan canciones,
poemas y nombres, sentirte golpeado por ella constantemente en el dedo pequeño
del pie —mientras caminas descalzo a oscuras por las habitaciones de la
realidad— es un dolor inmediato; el recuerdo de ese puñetazo a ras de suelo no
es una cuestión que se alivie fácilmente.
Durante los primeros días, acostado en una litera de la beca
de mi nueva universidad, observaba el techo de mi cuarto preguntándome si había
hecho bien. La renuncia a comodidades, tonos de voz, rostros, besos, abrazos y
espacios ligados a tu cotidianidad es un proceso que se asimila en forma de
sutura, puntada a puntada. En ese monólogo biográfico pude darme cuenta de
cómo, siendo niño, de manera prodigiosa permanecí solo en espacios de tiempo
bastante considerables.
Aunque desde pequeño tuve libros y juegos imaginarios donde me
inventaba aliados y enemigos —que repercutieron en visitas al psicólogo y en
que otro niño una vez me llamara “loco” por hablar solo mientras disparaba con
una pistola hecha de una rama de árbol—, más allá de inventarme
entretenimientos y subterfugios, cuando supe definir qué era la soledad,
comenzó un proceso de aceptación que demoró varios años. Era como si de nuevo
estuviera cursando una carrera en una universidad interior. Canciones, lecturas
y películas fueron las asignaturas casuales en ese período.
Recuerdo un sábado, mientras limpiaba el portal de la casa
donde vivía en La Habana (sería finales de 2019 o principios de 2020), escuchar
la frase del rapero venezolano Canserbero: “Disfruto la soledad cuando me
toca...”; en ese momento me supe graduado y con título de aquella particular
especialidad.
¿Por qué nos invade en nuevos lugares el “complejo de clavo”, esa necesidad constante de encajar en la pared de los días? ¿Qué tiene de relevante sentirnos tomados en cuenta en conversaciones grupales? Aunque pertenezca a otro contexto, el cantante Cristian Castro dio la respuesta más efectiva para ello durante una entrevista televisiva: “Nada, no hagamos nada...”
Cuando aceptas esa fértil “nada”, comienzas a navegar con
viento favorable por el océano de los pensamientos y el lastre de los “cómo” y “por
qué” deja de pesar, se desvanece. Cuando logras activar el interruptor de la
luz en esas habitaciones de la realidad, mientras caminas descalzo, siempre
encontrarás muebles prescindibles, como las sillas en la casa de Sinéad
O’Connor.


Te pasaste ¡¡¡ Y yo que miraba la soledad como un estigma. Muy buena tu deducción.
ResponderBorrarYo me gradué en esa especialidad hace muchos años! Saludos
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