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Muebles prescindibles

 

Hace unos años leí una de las últimas entrevistas que le realizaron a Sinéad O’Connor en su residencia, donde el entrevistador describía que la cantante no tenía sillas ni cualquier otro mueble en la sala de su casa. Cuando leí aquello, la imagen de Sinéad riéndose me vino a la mente. Ella aseguraba que, particularmente, no le gustaban las visitas y disfrutaba estar sola; por eso la ausencia de sillas, para que cualquier arribo no se prolongara más allá de lo justo.

No es que ser anacoreta o cualquiera de sus variantes me atraiga, pero reconocerme en la respuesta de Sinéad cuando afirmó disfrutar de la autocompañía me hizo confirmar la aceptación de una circunstancia que por años me parecía molesta: la soledad. Aunque de esta palabra existan canciones, poemas y nombres, sentirte golpeado por ella constantemente en el dedo pequeño del pie —mientras caminas descalzo a oscuras por las habitaciones de la realidad— es un dolor inmediato; el recuerdo de ese puñetazo a ras de suelo no es una cuestión que se alivie fácilmente.


En 2016 tomé una decisión con amagos kamikazes: mudarme solo a otra provincia. Estaba en la universidad y las limitaciones geográficas y espirituales de mi ciudad natal desbordaban la cisterna de mi paciencia. Conociendo un poco mejor el mundo y a cuántos jóvenes en edad similar lo hacen, no es que este hecho sea algo especial ni único, pero la trascendencia y concatenación de descubrimientos que vinieron aparejados con aquel lance, y cómo el efecto mariposa de esa decisión se convirtió en un feliz tsunami, me hacen ponerme a escribir este domingo de mañana al término del primer café.

Durante los primeros días, acostado en una litera de la beca de mi nueva universidad, observaba el techo de mi cuarto preguntándome si había hecho bien. La renuncia a comodidades, tonos de voz, rostros, besos, abrazos y espacios ligados a tu cotidianidad es un proceso que se asimila en forma de sutura, puntada a puntada. En ese monólogo biográfico pude darme cuenta de cómo, siendo niño, de manera prodigiosa permanecí solo en espacios de tiempo bastante considerables.

Aunque desde pequeño tuve libros y juegos imaginarios donde me inventaba aliados y enemigos —que repercutieron en visitas al psicólogo y en que otro niño una vez me llamara “loco” por hablar solo mientras disparaba con una pistola hecha de una rama de árbol—, más allá de inventarme entretenimientos y subterfugios, cuando supe definir qué era la soledad, comenzó un proceso de aceptación que demoró varios años. Era como si de nuevo estuviera cursando una carrera en una universidad interior. Canciones, lecturas y películas fueron las asignaturas casuales en ese período.

Recuerdo un sábado, mientras limpiaba el portal de la casa donde vivía en La Habana (sería finales de 2019 o principios de 2020), escuchar la frase del rapero venezolano Canserbero: “Disfruto la soledad cuando me toca...”; en ese momento me supe graduado y con título de aquella particular especialidad.

¿Por qué nos invade en nuevos lugares el “complejo de clavo”, esa necesidad constante de encajar en la pared de los días? ¿Qué tiene de relevante sentirnos tomados en cuenta en conversaciones grupales? Aunque pertenezca a otro contexto, el cantante Cristian Castro dio la respuesta más efectiva para ello durante una entrevista televisiva: “Nada, no hagamos nada...”

Cuando aceptas esa fértil “nada”, comienzas a navegar con viento favorable por el océano de los pensamientos y el lastre de los “cómo” y “por qué” deja de pesar, se desvanece. Cuando logras activar el interruptor de la luz en esas habitaciones de la realidad, mientras caminas descalzo, siempre encontrarás muebles prescindibles, como las sillas en la casa de Sinéad O’Connor.






Pensar es un acto sin diplomacia y escribir supone romper pactos con la mesura. Leer, es una biografía de la pausa. Bienvenidos

Comentarios

  1. Te pasaste ¡¡¡ Y yo que miraba la soledad como un estigma. Muy buena tu deducción.

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  2. Yo me gradué en esa especialidad hace muchos años! Saludos

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