Hace unos días tuve una incursión fugaz en Portugal. La sencilla
posibilidad de ir hacia otro país con solo dar unos pasos y, de la misma forma,
comprobar cómo el reloj del móvil cambia de hora y aparece otro idioma, son
experiencias que de seguro se volverán más naturales; pero, por tratarse de la
primera vez, repercuten en el entusiasmo como una onda expansiva.
En ese viaje, al regreso hacia Galicia, el amigo artífice de
la posibilidad reprodujo en el coche canciones de un hombre olímpicamente
ignorado por mí: Sixto Rodríguez. De origen mexicano, Rodríguez —como fue
conocido desde entonces— logró retratar en sus canciones el espíritu social de
aquel mundo de constructores, drogadictos y esperanzas, desde los bajos fondos
de un siempre problemático Detroit de los años 60 y 70. Sin embargo, la magia
indiscutible de su poética y un talento equiparable al del magistral Bob Dylan
no fueron suficientes ante un inexplicable silencio en torno a su carrera
musical, interrumpida por tener una repercusión nula. Era como si Rodríguez y
sus canciones fuesen un cometa que aparece y luego se marcha para su elíptico y
largo recorrido.
Pero en la vida existen justicias poéticas. Mientras Rodríguez
habitaba el total anonimato respecto al impacto de su música y vivía como
albañil en el industrial Detroit, a miles de kilómetros, en la Sudáfrica del apartheid,
se convertía en mito. Tras más de veinte años desde los primeros acordes
grabados, de la total indiferencia pasó a la aclamación absoluta gracias a la
inconformidad de quienes, en el país austral, se vieron representados en las
composiciones de aquel enigmático cantautor. Rodríguez tuvo su redención con
una vuelta a los escenarios y al mundo mediático que ni siquiera a él mismo le
parecía verdadera.
Como muchas personas, tengo ambiciones, deseos de búsqueda,
viajes por hacer y anhelos de consagración literaria y vital. Pero, ¿y si mucho
de lo anhelado no tiene siquiera la más remota de las concreciones? ¿Y si no
logro cumplir mucho de lo proyectado para conmigo mismo? Sin buscarlo, he
encontrado la respuesta en ejemplos como el de Rodríguez, donde lo inesperado
se volvió certidumbre. Tampoco me sentaré a esperar que lleguen los resultados
pero, si el intento falla, al menos disfrutaré de haberlo hecho.


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