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Practicar la ambición

 

Donde vivo hay calles estrechas y vivencias muy amplias. Es como si las cartas de navegación urbanas, hechas para atravesar ese mar de empedrados, tuvieran sus coordenadas dirigidas al intercambio. Me gusta conocer personas e interactuar a través de bromas cuando noto un gusto afín, casi siempre vinculado con el arte. Sin embargo, ello no se encuentra exento de divergencias.

En esos mares estrechos de la ciudad donde vivo, hay mesas como islas para recalar en los muelles de sus sillas. Justamente entre nuevos desconocidos, uno de ellos comenzó a intercambiar conmigo sobre canciones, poetas y anécdotas. Pero las amenas diferencias no demoraron en llegar cuando dije que no me vendrían nada mal dos millones de euros.

—¿Y qué vas a hacer con tanto dinero?

—Vivir, disfrutar. Tener calma. 

—No, yo enseguida estaría pensando a quién dárselo. 

—También... 

—Por ejemplo, ¿qué harías tú? 

—Comprarme una casa y dedicarme a escribir. 

—¿Y un coche? 

—También, pero no soy muy exigente. 

—Lo más importante es la dignidad, porque...

Enseguida comenzó sus planteamientos de tener una vida digna sin que el dinero fuese un condicionante; que con el trabajo —con su trabajo—, la paz necesaria y el bienestar de su hijo estarían garantizados.

—No me parece mal, pero mi idea del dinero es la misma que tenía Facundo Cabral. 

—Dos millones de euros...

Mi interlocutor movió la cabeza. Parecía buscar una imagen precisa de aquella cantidad inverosímil en medio de una conversación de madrugada en una calle estrecha, llena de mesas-islas, algunas con sus cuatro atracaderos colocadas patas arriba.

—Estás equivocado con tu forma de ver las cosas.

El debate quedó cerrado, más allá de bromas recurrentes acerca del dinero. Pero ¿por qué estaría equivocado? No era la primera persona en mi vida que, ante la magnitud de las proporciones, simplemente no se siente cómoda o disponible para asimilar la oportunidad de elegir con esa herramienta, que tiene la capacidad de otorgar libertad y, del mismo modo, lograr que los viles se desenmascaren.

Para nada me molestó esa última afirmación; me considero alguien bastante democrático incluso con los diálogos incómodos y las desavenencias de cualquier índole, pero señalar la equivocación ante un deseo, tal vez posible o irrealizable, me dejó pensando en un tema que hacía tiempo se me volvía recurrente: ¿Acaso ser próspero económicamente es ser enemigo de la sensibilidad? ¿Abrir la carta de las posibilidades en el restaurante de la vida es volverse anatema de las causas justas? O será que la frustración, una invisible y profunda, se disfraza de palabras adscritas a idearios y proclamas románticas.

Entonces analizo las procedencias: de dónde venía yo y mi temporal compinche de versos y discusiones. Nacer en una isla con la predestinación de la dificultad y saborear la vida por su parte más salada puede tener la capacidad de determinar mucho acerca de los mares que navegas, incluso los más estrechos, donde flotan vivencias muy amplias.

Ser ambicioso no es un delito espiritual; es cómo practiques tu ambición y dónde lances, a la diana de tus objetivos, ese dardo capaz de cambiarlo todo.




Pensar es un acto sin diplomacia y escribir supone romper pactos con la mesura. Leer, es una biografía de la pausa. Bienvenidos

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