¿Qué somos sin la satisfacción cuando algo nos sale bien o,
producto a una meta, ese algo se logra concretar? En 31 años he logrado
experimentar varias sensaciones de plenitud; algunas más efímeras que otras, en
dependencia de la magnitud y el significado. La serendipia tal vez sea una de
las más frecuentes gracias a la lectura y los viajes a corta distancia que
desde hace unos meses emprendo. Pero hacer una retrospectiva también puede ser
útil en cuestión de saberse fértil respecto a metas, logros, certidumbres y
voluntades a favor.
Me viene a la mente la canción interpretada por Marvin Gaye
y Tammi Terrell: Ain't No Mountain High Enough. Esperanzadora,
pegadiza... su mensaje es una ruleta de inspiraciones. Hay canciones de ese
tipo y otras capaces de salvar instantes, relaciones, o colocarnos en el
sentido de la corriente para navegar sin contratiempos. Esa es otra especie de
plenitud que disfruto: la música; dejarme perder en los arrebatos de la
repetición cuando un tema se convierte en liturgia de los actos comunes:
cocinar, bañarse, interrumpir la densidad de un silencio no deseado. La música,
como Moisés, puede abrir un mar Rojo por donde transitar en el escape de las
horas que nos persiguen o en el acto, siempre disfrutable, de ultimar
ignorancias.
Cuando me supe instalado en la novedad de la migración exterior (ya había pasado por otra intranacional), limitarme respecto a deseos fue un ejercicio de apnea que duró años. Sin embargo, esos aprendizajes involuntarios de carencias monetarias, alimenticias, y de no poder conocer la maravilla de las distancias donde habitas, tienen la capacidad de hacerte saber configurado mejor para dificultades e impaciencias venideras. Es una forma de volverte sabio sin que la edad acompañe a esa condición venerable que es la vejez. Hoy conversaba con amigos respecto a nuestro arribo a España y todos pudimos concretar el aterrizaje en Madrid con menos de 30 años, lo cual supone un promedio esperanzador respecto a proyectos cuando debes rebobinar el casete de los aprendizajes.
Saberse oficiante de tantas experiencias en un plazo que tal
vez para la memoria sea abarcable en pocos segundos, es una forma de plenitud
que se explica cuando tomas una decisión rápida, de complacencia, de necesidad
precoz, un capricho. Poder elegir y efectuarlo es un tapiz cuyas hebras se encuentran
tejidas por una experta mano revanchista. Pero no es una vendetta contra
quien hizo o provocó un daño; más bien todo lo contrario: es una forma benigna
de practicar la ambición. Sin daños a terceros y de beneficio personal. Ahí
caben las compras, los viajes, la capacidad de tomar una decisión...
Explorar recuerdos puede colocarnos en la cima del
acantilado que escalamos sin arneses, solo con las manos del alma —muchas veces
adoloridas— y la vista fija en esa cumbre, donde el acto de palpar será el
primero para subir el torso y, luego de un respiro largo, apreciar el trayecto
vertical de aquel vacío donde la plenitud de los caprichos tenía más de utopía
que de realidad.

Salvas a las baalleeeenaaaas
ResponderBorrarguat? jjjjj
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