Ir al contenido principal

Más allá del laberinto

 

Las nostalgias son inevitables y con ellas respiramos. Tampoco significan un acto abierto de tristeza; que existan nostalgias nos da la certidumbre de que hubo un pasado feliz del cual fuimos ciudadanos, y mientras esos recuerdos se manifiestan como guardianes de nuestros sueños, queda el mundo inabarcable del presente.

El pasado es un artífice de laberintos, y sabernos dulcemente perdidos en esa búsqueda de la salida puede conducirnos hacia trayectos donde el descubrimiento queda aplazado por insistir en la permanencia del extravío. Pero eso también puede ser una trampa; aunque benigna, trampa al fin. Ayer escuchaba con detenimiento la canción "Mariposa" de Pedro Luis Ferrer y uno de sus versos: "Sé que en el mundo hay dolor, pero no es dolor el mundo", me remontó a los muchos instantes de supervivencia espiritual que, similar a la nostalgia, también son inevitables.

En Argentina tengo una amiga que vive condicionada por la movilidad reducida y otras afectaciones de salud. Sin embargo, su frase en el WhatsApp: "Intentando... ser feliz", me ha devuelto el ánimo sin que ella lo sepa. Una tarde de confesiones me relató acerca de un momento de límites económicos severos y una agudización de su enfermedad. Entonces recordé a Los Miserables. En París, el inspector Javert casi tiene acorralado al antiguo preso 24601. Valjean intenta escapar con la pequeña Cosette en su espalda. Llegan a un callejón. Están rodeados. Valjean se gira y solo tiene un muro frente a sí. No hay más opción. Decide escalarlo llevando a Cosette en la espalda y cae al jardín. En la oscuridad siente un tintineo: es una campanita amarrada en la pierna de un jardinero que se aproxima hasta Valjean. Todavía no ha notado su presencia. Se trata de Fauchelevent, un viejo al que Valjean, bajo el nombre de Monsieur Madeleine cuando fue el alcalde de Montreuil-sur-Mer, rescató cuando un carruaje casi lo sepulta en el lodo. Fauchelevent, al reconocer a Valjean, le da cobijo en el sitio donde es jardinero. Se trata de un convento de clausura donde trabaja por las noches para no tener contacto con las monjas. Valjean y Cosette se encuentran a salvo del persecución irracional de Javert. Escalar un muro que lo acorralaba fue su única alternativa.


Así le relaté a mi amiga argentina para darle ánimos: debía escalar muros. Su intento de ser feliz es incombustible.

A más de un año de aquella metáfora de alpinismo espiritual, otra amiga en Chile pasaba por una depresión. Su frase en WhatsApp, cada vez que la leo, me saca una sonrisa leve: "Venga la esperanza". Sin pedírmelo, reconstruí al Valjean fugitivo y rescatado. Mi amiga chilena escribe para sanar y me hace partícipe de ello. No se imagina lo útil que me siento al saberme parte de sus confesiones.

En España, otra amiga tiene un "Yo recuerdo" en su WhatsApp; reaparece entonces la melancolía. Hace menos de una semana pasaba por un momento difícil y regresó la imagen de Valjean a mi mente y el reencuentro azarosamente planificado por Hugo en ese jardín conventual. Mi respuesta en audio fue enviada acerca de un pasaje más que literario: de felicidad, esperanza y recuerdo.

Jean Valjean, Cosette, Javert y un muro como obstáculo y después como aliado. Siempre tocará escalar para ver más allá del laberinto.

Pensar es un acto sin diplomacia y escribir supone romper pactos con la mesura. Leer, es una biografía de la pausa. Bienvenidos

Comentarios

  1. Agradecida por tu comentario. Creo que la melancolía es otro de los resultados que tenemos como sociedad moderna, apurada, exitista,con poca empatia y solidaridad. Es una respuesta como la depresión. Por favor revisa en youtube el capítulo 5 del programa Nuestra locura. De Constanza Michelson

    ResponderBorrar

Publicar un comentario