Ir al contenido principal

Pasaporte hacia la huida

 

Hace un tiempo inicié con un amigo escritor una serie de correspondencia por email donde compartíamos puntos de vista, intereses literarios y experiencias paralelas. Él continúa en la isla. Desde entonces los problemas y las carencias siguen acumulándose en la báscula de la resistencia. En uno de esos correos me preguntaba, según mi punto de vista —esa eterna duda al escribir—, si lo concebido por él podía interesarle a alguien. La respuesta puede ser tan única como infinita.

Escribir, como yo lo concibo, parte de un compromiso y una ambición personalísima de poner en órbita el mundo que llevas dentro en la galaxia de una cuartilla. Sobre lo distante y a la vez atractivo, pensaba entonces en Guerra y paz: cómo Tolstói, desde la Rusia zarista, las intrigas palaciegas, la infatigable búsqueda personal de Pierre Bezúhov y el arribo de Napoleón a Moscú, pudo condensar tantos sentimientos, miserias, violencias y anhelos.

A casi doscientos años de Guerra y paz, recalar en cualquier historia con sus mismos componentes y sentirse atraído por una trama, sin importar el espacio donde ocurre, es uno de los grandes misterios de la creación literaria o cinematográfica. Al final, es la carga emocional, lo inusual de lo conocido y la estrategia narrativa —cual juego de ajedrez— el agua que mueve la rueda del molino de nuestra atención.

Sobre lo interesante: hace unos días concluí la lectura del libro de cuentos de otro amigo, Con las mismas manos, donde La Habana, capital de misterios y exilios, es el laberinto por donde los personajes transitan sin que el deseo por encontrar un hilo de Ariadna sea el pulmón que reciba el aire de sus existencias. Diego Santana Caunedo, autor de este libro, aunque conciba una Habana desgastada, escapa del canon isleño donde muchas veces naufraga la literatura hecha en Cuba; esa que hace mucho camina en muletas por una autopista donde lleva un tiempo indecible haciendo señas con un brazo amputado al mercado literario internacional.


No se trata de abandonar a Cuba en materia literaria o dejar de contar las historias que genera; se trata del cómo y el por qué. Eso Diego lo ha logrado entretejiendo la diversidad de historias donde el sexo, el cine y las batallas a escala por lograr objetivos tan terrenales como universales escapan de la frontera del malecón para extenderse y recalar en la sensibilidad de quien lee.

Tal vez conocer un poco cómo funciona el mundo allende a una ciudad con el atractivo de ruina y salitre incrustado en el alma haya permitido ese escape del paréntesis, logrando que alguien en Suecia o Nueva Zelanda pueda entender el mundo distante de una capital antillana donde las esperanzas —y con ellas mucha buena literatura— han sellado un pasaporte hacia la huida.

Pensar es un acto sin diplomacia y escribir supone romper pactos con la mesura. Leer, es una biografía de la pausa. Bienvenidos

Comentarios

Publicar un comentario