Una de las escenas más fascinantes de Piratas del Caribe
ocurre en la segunda parte de la saga, cuando el capitán del Holandés
Errante, Davy Jones, se encuentra tocando con intensidad un órgano en su
camarote. El marino maldito, con los tentáculos de su rostro y su única mano,
dejaba sobre las teclas del instrumento un dolor que, trascurridos muchos años,
aún no conseguía superar: la pérdida de un amor. Finalizada la pieza, Jones
descubrió una lágrima involuntaria que quedó colgada, cual gota, en la punta de
un tentáculo. Sorprendido por ese acto de sensibilidad —lejos de reconocer al
humano que todavía llevaba dentro, más allá de su conversión y su sentencia a
no pisar tierra cada 10 años—, Jones tuvo un arrebato de furia. La rabia
cegó a quien, incapaz de procesar el dolor, solo encontró en la crueldad un
refugio para sus debilidades.
Ayer, sentado frente a esta misma laptop donde, como Jones, dejo que los dedos sean los traductores de los pensamientos, descubrí el asomo de una lágrima en el ojo izquierdo. De inmediato pensé en aquella escena del camarote; en cómo había seres cuya frustración solo podía ser aliviada propinando daño o intentando humillar al mundo que asumen culpable de su malestar.
Lejos de la ficción, pero muy cerca de un momento similar
donde la sal líquida de mi cuerpo quiso salir en fuga, analicé entonces la
reacción de aquella criatura que extrajo su corazón para esconderlo en un
cofre, y cómo procedí yo desde ese momento. La vida nos hace realizar
contorsiones involuntarias que parecen tener la capacidad de lesionar nuestro
espíritu. Por suerte, nos quedan las alegorías y las experiencias de otros para
recuperarnos.
Más tarde recordé un audio de Facundo Cabral acerca de cómo
superar las dificultades: No estás deprimido, estás distraído de la vida que
te puebla..., inicia. La extensión biográfica de aquel hombre de infancia
difícil —que encontró en la música la ruta de escape y la conexión universal
con millones de personas; que, luego de la muerte de su hija en un accidente de
avión, convirtió todo el amor sobrante en piedad al acompañar a la Madre Teresa
de Calcuta en el cuidado y baño de leprosos; un ser que no era de aquí ni de
allá, y a quien una equivocación violenta en Guatemala terminó con su vida— ya
había conseguido, hacía bastante tiempo, la condición inefable de la paz.
Las distracciones (tristezas) son permitidas; funcionan como un golpe de realidad no solicitado que activa nuestra capacidad de análisis una vez atravesadas esas estaciones del alma donde, irremediablemente, llega el tren de los pensamientos. La decisión de permanecer o continuar solo depende del destino hacia donde hayamos fijado nuestros objetivos. La doble ración de la realidad común, como canta Estopa con Rosario Flores, es un plato servido en la mesa de nuestra cotidianidad que a veces debemos paladear sin aderezos. La vida también es una cadena de restaurantes donde el menú del día es una incógnita.
A propósito de música y alegorías, llevo unas ocho veces
escuchando el Tiny Desk de Milo J, y un verso de la canción Solidificán12
se ha vuelto recurrente, casi en bucle, por esas obsesiones transitorias que
nos abordan cual barco pirata:
Si el Sol está
solificándose
Y la Luna vive
lunizándose
¿Por qué no
humanizarme?
Soy otra gota de
un paño gigante



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