Hay canciones que no por escuchadas incontables veces regresan inesperadamente cuando el gatillo de la vida ha liberado una bala de circunstancias. Permanecer ajeno a la posibilidad de los desencantos es como caminar descalzo sobre el asfalto durante una tarde de calor extremo. Sin embargo, existen atenuantes tan diversas en forma de chaleco antibalas que su capacidad salvadora a veces solo es procesada mucho después del impacto.
Sin pretenderlo, la canción Cuando
pase el temblor de Soda Stereo ha realizado una invasión melódica en mis
pensamientos. Yo caminaré entre las piedras, hasta sentir el temblor... inicia
este tema cuyo relato me ha provocado analizar el sismógrafo de la certidumbre
y evaluar la magnitud de sus réplicas.
Estoy
sentado en un cráter desierto
Sigo
aguardando el temblor
En mi
cuerpo
Sé que te
encontraré en esas ruinas
Ya no
tendremos que hablar (Y hablar)
Del
temblor
Ese modo de explicar las
bienaventuranzas mediante versos e instrumentos es una manifestación, tal vez
indirecta o involuntaria, de que la calma, la felicidad o las certidumbres
también precisan de agitaciones para comprenderlas. Abraham Lincoln, en su
carrera política, perdió 8 elecciones de diferente nivel hasta lograr la presidencia
de Estados Unidos en 1860, y Paul Auster debió procesar 17 negativas antes de
que La trilogía de Nueva York se publicara en Sun & Moon Press
en California, como si la distancia fuera ese inexplicable factor que permite
descifrar cómo se mueven los engranajes de la honestidad y la potencia
incombustible de las buenas historias.
A veces solo basta cerrar los
ojos y empezar un letargo donde los sentidos puedan estar a salvo y descansar
de las sacudidas, para despertar... cuando pase el temblor.

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