Y en la estación de las dudas, muere un tren de
cercanías... canta Joaquín Sabina en “Ahora que” y yo por mucho tiempo
repetí ese verso sin hacer el necesario énfasis en aquello de un tren de
cercanías. Tendría que llegar a Madrid para descubrirlo y, desde entonces,
comenzar a entender decenas de referencias que, simplemente por habitar en esa estación
de las dudas que es una isla, jamás podría comprender en su verdadera
dimensión: una de tantas vivencias de ese genio de bares y adulterios.
Viajar tal vez sea la forma más suprema de retirarle vendas a
los ojos del raciocinio y la sensibilidad para establecer alegorías y, en
cierta forma, tornarte sabio en el mundo que te pertenece y absorbe imágenes e
historias como una esponja bumerán; porque la vuelta de alguna forma sucede, ya
sea en la satisfacción del hecho o en la sugerencia explícita con detalles y
anécdotas.
Leer, ciertamente, es el viento que impulsa el velamen de las
intenciones, aunque corresponderle a esa fuerza tenga a veces anclas (dinero y
tiempo) que condicionan la extensión y las distancias por abarcar. Sin embargo,
permanecer atracado en el muelle de la necesidad también puede resultar una
fértil estadía, pues la paciencia es un mapa de navegación exacto para marcar
la ruta de las ambiciones.
Muchos hemos vivido momentos donde nos sentimos atrapados por
canciones que, gracias a la inefable capacidad de las identificaciones,
consiguen inyectar emociones en gradual intensidad al torrente sanguíneo del
ánimo: melancolía, euforia, certidumbres... ganas de viajar.
Hace pocas madrugadas un amigo relató cómo, junto a otro
cofrade de fanfarrias y alcoholes, diera igual el espacio donde estuvieran,
sentían la necesidad de apartarse para... escuchar a Sabina y llorar.
Tuve que anotar esa confesión en el móvil y guardarla para la próxima página
por llenar, y así contribuir a otro hecho que ilustre esta biografía de la
pausa.
Lógicamente, Sabina apareció en aquella sala para narrarnos
“Una canción para la Magdalena”, esa seductora y poética reivindicación a
quienes usan la noche de traje a medida y las calles como palacio.
A veces, permanecemos sin darnos cuenta en las constantes
estaciones de las dudas, y la advertencia de semejante detención nos llega de
las formas más improbables: como una canción de Sabina escuchada decenas de
veces donde una frase es la señal de vía abierta para continuar.

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