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Las velocidades del ánimo

 

Estoy leyéndome El Quijote. Si bien durante el preuniversitario era una lectura obligada, solo referencias y un par de películas inconclusas eran todo lo concerniente que conocía del universo cervantino respecto a su más conocida creación.

Una frase que me resulta interesante sobre esta obra es la del profesor universitario Jesús G. Maestro: “En el Quijote está el genoma de la literatura”.

Sin que se trate de un modismo, más bien de una deuda sin amortizar hacía años, esa frase me hizo decidirme a empezar la historia de aquel hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Por supuesto, la lectura tiene sus tiempos y la realidad con sus demandas, o a veces priorizar lo fútil, no me permiten destinar todo cuanto deseo a leer, al menos mientras es de día, pues debido a esas inevitables mañas de sentir bien utilizado el tiempo, he comenzado a leer de madrugada, algo que no hacía desde aquella noche remota cuando abrí Cien años de soledad y comencé a vivir en Macondo.

Mientras reflexiono, suelto onomatopeyas o carcajadas con el Quijote y su lectura postergada, tengo recuerdos literarios y confesiones que reafirman el acierto de acompañar al manchego en sus delirios caballerescos.

Tal vez el más impactante sea el de Enrique Loynaz del Castillo, quien narró en sus Memorias de la Guerra que, mientras dirigía a sus hombres durante la guerra independentista cubana y luego de una escaramuza frente a una tropa española, después de varios días en una ciénaga, solo llevaba puesto un pantalón y, en el retroceso de los soldados traídos de la Península, quien sería padre de la única Dulce María Loynaz, encontró un libro del Quijote y comenzó a leerlo encima de una piedra.

El hecho y la imagen resultan, cuando menos, impactantes: un hombre vestido solo con un pantalón, hambriento, cansado, cuya vida está en riesgo constante, decide ponerse a leer sobre una piedra y de inmediato sus carcajadas le devuelven el ánimo a los hombres que dirigía. Ciertamente, esos bálsamos con analgésicos verbales le otorgan a la existencia uno de sus más conmovedores sentidos.

Por supuesto, ese recuerdo no podía ser ignorado por Dulce María cuando obtuvo el Cervantes en 1992 y, en el discurso de agradecimiento, la imagen de su padre con el libro en mano, viviendo un paréntesis tan quijotesco de por sí, regresó al Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares.

Una tarde en mi ciudad natal, mientras disfrutaba de Joaquín Soler Serrano a Carlos Fuentes, la confesión del mexicano de leer cada Semana Santa el Quijote, ciertamente me pareció heroica. Mucho después, escuchando otra entrevista del autor de Aura, sabría de sus rutinas para escribir y capitalización del tiempo para leer, y esa estructura se convirtió en meta. Lógicamente, para lograrlo falta recorrido, pero los paradigmas tienen esa capacidad de hacerle cambiar las velocidades al ánimo para llegar a lo anhelado.

En La Habana, mi maestro Eduardo Heras León leyó La verdad sobre Sancho Panza de Franz Kafka, un relato bastante fresco, de dulce ironía, muy poco habitual en el autor checo. Terminada la lectura y el comentario de mi guía sobre lo inusual de esta creación, contesté de improviso: “Kafka tuvo un buen día”.

Habitando Ourense, en 2025, leería la Trilogía de Nueva York y, para mi gusto, una de las escenas más memorables de la primera novela es el encuentro del protagonista de Ciudad de cristal con el propio Auster en su apartamento, donde él se describe recostado a la puerta con una pluma en la mano y, luego de invitarlo a pasar, le comenta acerca de Cide Hamete Benengeli, el historiador musulmán quien, acorde a Cervantes, es el autor de El Quijote. Ciudad de cristal, primera de la trilogía, es un homenaje solapado a una obra donde me encuentro buceando como alguien que ha descubierto la Atlántida.

Tal vez pudieran ser más las conexiones con este libro que tengo en dos versiones: una en dos tomos rescatada de la basura y otra que, por razones de comodidad, sostengo en el cuarto donde me dedico a leer en un sillón reclinable, en la habitación de tender la ropa. Lo más significativo son las identificaciones, las vivencias descritas hace 421 años tan similares al mundo donde resido, entre la descomunal imaginación de Alonso Quijano y la desmesurada espontaneidad de Sancho.



Pensar es un acto sin diplomacia y escribir supone romper pactos con la mesura. Leer, es una biografía de la pausa. Bienvenidos

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