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El tribunal de la hoja en blanco

Decidimos viajar a Portugal como una manera breve y fácil de conocer el mundo que se encuentra detrás de un idioma, y cuando el entusiasmo es quien planifica no existe peso insoportable para la mochila del ánimo.

Siempre que estoy a pocas horas de viajar debo lidiar con una sensación inquieta de prontitud, de estar en el instante hacia donde quiero dirigirme. Es inevitable volverme una presa fácil de esa ansiedad exploradora; es como un deseo de abarcar lo que por años me fue imposible por infinitas limitaciones, empezando por la geográfica.

Años atrás, sentado en un balcón de La Habana, creía en la imposibilidad de ser escritor y vivir fuera de Cuba. Como si la compatibilidad entre la inspiración y lo conocido fueran la única forma de tener gasolina para el motor de la creatividad. Por suerte estuve grandísimamente equivocado y la magnitud de mi errónea creencia la he disfrutado por partida triple: convencido de lo acertado de saberme un huso horario por delante de aquella ciudad y de ese entero no-país; escribiendo como un imperativo de la necesidad más abisal y disfrutando de esa “libertad de las responsabilidades” de poder dirigirme a favor o en contra de la dirección marcada por una brújula.

Acostumbrarse a lo maravilloso también es un ejercicio que requiere de un tiempo de escolarización interior; sin embargo, no dejar a un lado la capacidad de sorpresa, de paladear descubrimientos, otorga sentido a las estancias temporales o definitivas.

Cada vez que emprendo un viaje, escribo al margen del folio de los días los recuerdos de esa experiencia (ya sea con fotos, videos o notas en WhatsApp), pues no hay mejores integrantes para los recuerdos que los infinitivos, gerundios y participios que componen el tribunal de la hoja en blanco, donde la sentencia a redactar no deje fuera ni un solo detalle de esa reconstrucción de hechos probatorios de mi vinculación y responsabilidad con la plenitud.

Lisboa es una ciudad-universo de bullente calma, llena de mosaicos como una forma de maquillaje cerámico cuya utilidad, más que estética, es la de robarle al salitre su intención de corroer. La capital portuguesa es un sitio para detectar en los siglos precedentes la configuración de la lusofonía cuando el viento sopló en favor de las naos y carabelas que anclaron desde Brasil hasta Timor Oriental, sin la grandilocuencia castellana, pero con la misma efectividad de plantar banderas de conquista como oficiantes de la vastedad.


Dueños de la mitad del mundo cuando repartieron con el Reino de Castilla en Tordesillas en 1494 el pastel del extendido cumpleaños de las conquistas, como polilla entre pliegos quise convertirme en una especie de Jacques Cousteau de la superficie intentando retratar el paisaje de las historias lanzadas desde la torre de Belém, la fortaleza del Buen Suceso, el monumento a los Descubrimientos o el castillo de Palmela. Sin embargo, cuando baja la marea de la gloria quedan grietas en forma de guerras y esclavitud que son imposibles de calafatear.

Un amigo catalogó a Lisboa de ser propietaria de una decadencia elegante; pude confirmarlo en el contacto directo con monumentos como la simbólica estatua de María I llena de hollín o, justo detrás, las paredes exteriores despintadas del palacio nacional de Queluz, llamado el Versalles portugués. Me gusta catalogar al transcontinental dominio luso como “el imperio discreto” y, aunque la dimensión mediática del español o el británico superan ampliamente al portugués, la eficacia de esto no fue menos cuando la proa de la ambición partía en dos nuevas aguas.


He demorado más de lo habitual en publicar en el blog porque recientemente regresé de Inglaterra, pero eso será tema de otra crónica. La pausa de más de dos semanas sin escribir me ha dejado con un transitorio dolor fantasma que estoy intentando aplacar con el analgésico de las teclas sonando continuamente, para luego bojear por fotos y videos hechos en aquella estadía lusa de tres días y dos noches que se ven amplificadas en sonrisas de satisfacción.

No sé a qué asociarlo, pero mientras ideaba las oraciones de los primeros párrafos anoté una frase al fondo de la segunda hoja de esta crónica sobre la vez que de niño me caí sobre un patio asfaltado en la escuela primaria y mi barriga y pecho quedaron llenos de quemaduras y rasponazos. Recuerdo vivamente la imagen del yodo camuflándose con la sangre sobre mi tórax y abdomen, y luego entendí el porqué: al poco de volver de Portugal recibí una negativa que no me supo a decepción, pero con el paso de los días he olido en ella el humo del engaño. Si bien conozco perfectamente que apostar por los sueños no es garantía de éxito, durante el proceso del riesgo uno decide si esgrimir el sable de las incertidumbres o el florete de la comodidad. Para mi pesar, recibí un touché de realidad que se ha incorporado al catálogo de las experiencias.

Sin embargo, me quedan por repetir muchos abrazos en Lusitania, que ha sido un bálsamo untado en el pecho para aplacar el asma de los tristes momentos.




Pensar es un acto sin diplomacia y escribir supone romper pactos con la mesura. Leer, es una biografía de la pausa. Bienvenidos

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