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Las estelas de la fugacidad

Conocí sobre Guillermo Cabrera Infante cuando el acceso público a internet en Cuba consistía en ir a un parque y sentarse por una hora a navegar desde un teléfono o, entre varios acompañantes, reunir un dólar para prolongar la primera y escasa hora de conexión. Surgió entonces una conversación de esas tan inauditas como inolvidables acerca de los cubanos ganadores del premio Cervantes. Había un tercero aparte de Alejo Carpentier y Dulce María Loynaz, uno proscrito: el nacido en Gibara que vio morir su infancia en el tránsito hacia la adolescencia cuando un falansterio capitalino (en sus propias palabras) se convirtió en esa Habana imposible de encontrar siquiera en la más exacta fotografía.

He escrito y hablado muchas veces acerca de Cabrera Infante y su influencia, empezando por el sentido del humor, y cuando tenía varios de sus libros acumulados en la esquina de los ya leídos (todos en digital, por supuesto), quiso mi obsesiva inconformidad conocerlo más allá de sus testimoniales ficciones.

El más cercano y dispuesto fue Antón Arrufat. Había terminado de leer "Virgilio Piñera entre él y yo", y a la fortaleza de la curiosidad se le adicionó otro ladrillo con ese libro (y autor) que se entrecruzaba con el escritor de "Mapa dibujado por un espía". Mi atrevimiento nunca ha entendido de filtros y, cuando tuve el número de móvil de Antón, escribí un SMS a su celular (los datos móviles continuaban sin aparecer en el panorama habitual) y obtuve contestación para extender la conversación por correo electrónico.

(Antón me pidió que no me riera para la foto)

Después llegó la visita a la casa de Antón en el Prado habanero, un lugar al que siempre se llegaba mediante unas escaleras, similar al arribo de Cabrera Infante al falansterio de la calle Zulueta. Mi interés centrífugo agotó primero toda la pólvora de las preguntas sobre el autor vetado para siempre de la cultura oficial de la isla, quien solo sería mencionado a cuentagotas en espacios públicos, más allá del culto paralelo entre cientos de lectores en el archipiélago. Antón me contó acerca del último encuentro que tuvieron en Londres, después de más de treinta años sin verse. Fue en South Kensington, en la calle Gloucester Road número 53. Allí residió en su exilio inglés hasta su muerte quien se encargó de construir una Habana desmesurada en páginas donde la sensualidad y el bullicio son interminables.

Pero ante el empecinamiento de leer y no olvidar de muchos cubanos, para quienes la censura es solo un aderezo de ese alimento inagotable llamado literatura, en la costeña Gibara una especie de peregrinación tácita también se gestaba para fotografiarse en una casona de madera centenaria; la misma donde naciera aquel niño que escribió un primer cuento sobre un pelotero que conecta un cuadrangular y muere doblando por segunda base, y que terminaría ofreciendo un discurso en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares acerca de un encuentro con Cervantes luego de tener en su pecho la medalla con el nombre del autor del Quijote.

Sin imaginar que yo también me incorporaría al largo inventario de la migración insular, llevaba a Cabrera Infante adosado a recuerdos de conversaciones en la universidad y tertulias en la casa de Antón que siempre derivaban en otras anécdotas y comentarios sarcásticos. Londres era para mí un sinónimo de confesiones de ese autor regenerativo, de hablar casi radial, con un tabaco encendido en fotografías y mirada seria cuyo sentido del humor parecía inverosímil respecto a su imagen.


Saboreando la novedad, caminé por esa misma calle donde Antón se detuvo en el portal de escaleras pequeñas (otra vez las escaleras) para ascender y abrazar a su amigo exiliado; faltarían cuatro o cinco años para la muerte de Cabrera Infante. Buscando información sobre el lugar leí que, a diferencia de la residencia del mexicano Carlos Fuentes a pocos kilómetros de ese sitio, no existe ninguna placa conmemorativa que brinde información a cualquier caminante sobre el cubano que residió allí, y lo comprobé con la misma curiosidad de mirar con asombrada calma el espacio. Imaginé entonces un día cualquiera de pertinaz lluvia londinense a Cabrera Infante encendiendo su tabaco, asomándose por una de las ventanas al nivel de la acera y sentándose a escribir o listo para mirar una película de su inagotable filmoteca de casetes.

El rompecabezas imaginario de mis recuerdos e invenciones ordenó todas las piezas y encajó la última en aquel sitio donde mi admiración, imantada por la atracción del mito, fue conducida hasta un lugar donde habitó Guillermo Cabrera Infante y a donde llegan algunos peregrinos como yo, empecinados en fisgonear el rostro íntimo del pasado entre las estelas de la fugacidad.



Pensar es un acto sin diplomacia y escribir supone romper pactos con la mesura. Leer, es una biografía de la pausa. Bienvenidos

Comentarios

  1. Primo bello me emocianas con cada una de lás publicaciones. Bella foto y gran honor
    Te adoro

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