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El tierno lenguaje de la locura

Cuando era niño, a falta de compañero de lides, jugaba con seres incorpóreos; enemigos o amigos, daba igual. Un palo de escoba en mis manos era un arma letal y yo, un infalible peleador influenciado por las películas de Bruce Lee o de aventuras medievales. Exclamaciones, remates, golpes mortales y combates interminables incidieron en que me llevaran al psicólogo para atender mi respuesta a la soledad infantil y remendar la ausencia con el cabestrillo de la imaginación. Luego de las sesiones, cuatro o cinco, la conclusión del especialista fue que solo necesitaba "mano dura" en el sentido de vigilar mi disciplina; fuera de eso, estaba completamente normal. Tal vez esa forma de autoacompañamiento en mi niñez fuera un anticipo del oficio kamikaze que me propondría ejercer más allá de un título universitario: ser escritor.

Frente al apartamento de mi abuela había un parque con un flamboyán que suponía un alivio para el sol veraniego, y allí pasaba mañanas o tardes jugando con los chicos de alrededor, de quienes fui amigo de temporadas, pues las visitas a casa de mi abuela casi siempre eran en vacaciones. Ese flamboyán fue escenario de tantos juegos como capacidad tuve de inventar cualquier trama para darle recorrido al automóvil de mi imaginación. Una vez llegaron otros chicos a quienes no había visto antes y comenzaron a pasarse una pelota de béisbol, deporte por el cual he atravesado en distintos niveles decepciones y alegrías, dada mi inverosímil pasión por el sonido de una bola chocando con un bate de madera. En una parte del tronco del flamboyán donde sobresalían las raíces había una especie de nicho donde acumulaba ramas partidas, las cuales eran en ese momento pistolas de munición infinita. Cuando llegaron los chicos, solté mis "armas" y le pedí a uno de ellos que me pasara la pelota.

Uno de ellos solo me espetó:

—No, porque tú estás loco.

Los chicos prosiguieron pasándose la bola y al poco tiempo dejaron el parque, con más terreno libre para continuar con mis batallas campales. A esa edad, como a cualquier niño, el rechazo me resultaba una sensación difícil de manejar, pero ante la negativa no hice el más mínimo caso ni insistí para acompañarlos. Simplemente continué jugando con mis pistolas de rama de flamboyán; pero el "tú estás loco", al cabo de los años, se volvió una frase en bucle al ser varias veces repetida en otros espacios —familiares, laborales o con amigos—, siendo la palabra "loco" la diana del mismo dardo juicioso.

Nunca he asumido esa clasificación como peyorativa, al saber que respondía y responde siempre a un cúmulo de circunstancias y vivencias que me hacían y hacen actuar de forma espontánea en mi entorno. La primera de ellas y más influyente: la lectura.

Saberme un habitante pleno en el mundo de los "locos bajitos", como describió Serrat a la infancia en su memorable canción, definió sin duda las diferentes estaciones por donde atravesaría el ferrocarril de mis iniciativas. Pero, tal vez, sí exista un resquicio doloroso ante la necesidad de desligarme de lo tradicional respecto a lo que se entiende como una "vida normal". Simplemente hay sensibilidades que no pueden ser encerradas en el manicomio de la normalidad, y una de ellas era la mía.

La incomprensión respecto a mi voluntad de ser escritor tuvo por factura gestos corporales y vaticinios que siempre van ligados a la fatalidad, tales como el reconocimiento póstumo. Es curioso también cómo se une, cual punto de soldadura, la vida estrecha y las necesidades continuas al camino de quien traduce su realidad, ya sea en libros, cuadros o películas. Tal vez pueda asociarse a que las dificultades siempre son más mediáticas y trascendentes en la forma en que las personas aprecian la manera de vivir de quienes se desligan del camino trazado por la también respetable cotidianidad. Pero ser arrastrado por la corriente de las fatalidades ya está fuera de cualquier dominio humano y, si inevitablemente la voluntad atraviesa los rápidos de ese río, el salvavidas de lo diferente es, sin duda, el elemento que nos puede mantener a flote.


Casa de William Shakespeare

Apreciar cómo subestiman las hermosas capacidades de la más coherente locura para quien la padece significa sentirte aislado y sin más remedio que aferrarte a las corazonadas. Pero si no aparece la puerta de las oportunidades, toca irremediablemente volverse carpintero y fabricar una. Aunque también he tenido bálsamos en confirmaciones musicales de saberme en la dirección correcta, como los versos de Silvio en "Hay locuras":

Hay locuras que son poesía

Hay locuras de un raro lugar

Hay locuras sin nombre

Sin fecha, sin cura

Que no vale la pena curar

O Andrés Calamaro, precisamente con el título "Loco":

Voy a salir a caminar solito

Sentarme en un parque a fumar un porrito

Y mirar a las palomas comer el pan

Que la gente les tira

(...)

Yo soy un loco

Que se dio cuenta

Que el tiempo es muy poco

Estoy leyéndome el Quijote y la aparente irracionalidad de Alonso Quijano me ha resultado un espejo donde mirarme con detenimiento. Las frases y situaciones que vive junto a Sancho el Caballero de la Triste Figura y su arrojo, más que risas, me producen empatía, pues existen pocos traductores para el tierno lenguaje de la locura y Cervantes, sin duda, fue uno de sus mejores oficiantes. De esta forma sigo disfrutando de mi alienada condición mientras transito con visa libre entre el mundo de la realidad y la ficción gracias al pasaporte de la literatura.


 Cervantes y el Quijote en la casa de Shakespeare

Pensar es un acto sin diplomacia y escribir supone romper pactos con la mesura. Leer, es una biografía de la pausa. Bienvenidos

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