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Los arabescos del humo de un incienso

 Busco de manera constante refugio en la música. No es que el silencio me resulte plomizo o no disfrute de la quietud cuando tengo oportunidad de apretar el botón de lo contemplativo y dejarme llevar por la corriente de los pensamientos; la música es simplemente una chispa, como la del magneto de una fosforera, que enciende esa llama vertiginosa y breve de minutos capaces de arrobarme hacia las historias condensadas en notas y versos.

Muchas veces, a través de la música, he encontrado asideros de los cuales sostener una resolución o simplemente saberme descrito en la emoción de su autor. Entonces comienzan las paradojas de la identificación y los análisis retrospectivos. Tal vez la melomanía no sea la correcta descripción para mi afinidad musical, porque desconocer también forma parte de mis certezas, y agregar un nuevo conocimiento sobre música y autores cuando resultan una novedad constituye, sin dudas, una extensión de la plenitud.

Lo que sí resulta habitual en medio de un proceso de descubrimiento musical es transformarme en un obsesivo buscador, más que oyente, sobre la génesis, anécdotas y complementos que forman parte de la creación de un disco o de canciones que escucho en bucle hasta que otra canción sustituya las municiones de la emoción.

Ahora me encuentro en una transición de rebeldía y honestidad consumiendo a Extremoduro. Robe Iniesta se fue del mundo el año pasado, pero acercarme a su obra me ha permitido navegar por horas en cualquier instancia donde su inefable guitarra parece una mandarria furiosa golpeando incesantemente los muros de lo ordinario. Ante las montañas del virtuosismo, siempre me asalta el cuestionamiento de por qué no tengo habilidad para tocar un instrumento y tan siquiera asomarme desde la ventanilla de un avión al extenso país de los prodigios. Sobre ello, un amigo me comentó que tal vez sí tenía capacidades, pero a veces se trataba de una cuestión de disciplina. Le expliqué que en mi caso, ni asumiendo rituales monásticos, habría posibilidad de domar mi torpeza interpretativa, pues en tercer año de la universidad me compraron una guitarra y no pasé de marcar tres acordes sin ningún tipo de armonía que complementaran el movimiento de mis dedos de la mano izquierda sobre cuerdas y trastes.


Aunque reconocer límites también significa una particular virtud, ser una especie de intérprete de lo escuchado con mis obsesivas búsquedas para saber más allá de la frontera de una canción alivia, por momentos, esa frustración insondable.

Si leer es una biografía de la pausa, escuchar música supone flotar en los arabescos del humo de un incienso. Ante las imposibilidades, como en Casablanca: "Siempre nos quedará París".

Pensar es un acto sin diplomacia y escribir supone romper pactos con la mesura. Leer, es una biografía de la pausa. Bienvenidos

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