Ir al contenido principal

A Leonardo Padura, en sus primeros 70 años

 

Doce años parecen una mentira breve, volátil, esfumada en un chasquido de dedos. Pero no dejan de ser doce años, un trayecto de carretera con sentido único por donde transitamos en velocidad irregular. Hace doce años, leía con inquietud y sorpresa una historia terremoto, incalculable en la escala de Richter, sin disponer otro refugio que no fuese agarrarme a la barandilla de las respuestas concedidas por aquel libro-descubrimiento.

Era octubre de 2013, hace doce años, cuando El hombre que amaba a los perros catapultaba mi capacidad de raciocinio contra la muralla de las dudas y las conformidades, para derribar con el asedio, un obstáculo invisible y cotidiano de esa Constantinopla que era mi realidad delimitada. Resulté a la misma vez, sitiador y sitiado, mientras avanzaba por aquellas líneas de historia. Tenía 18 años. Una edad perfecta para imprudencias y furias. Las segundas eran la más recurrentes, solo que expresadas a través de más lecturas y conclusiones que igualmente, desde hace doce años, han continuado ampliándose sin llegar a encontrarles punto final.       

Hasta ese momento, octubre de 2013, no recordaba haber escuchado o leído el nombre de ese escritor. Tiempo después, até los cabos de mis recuerdos al reconocerlo en el documental de Ian Padrón: Fuera de Liga, dedicado a los Industriales. Entonces, otra cuerda se anudó en el muelle de la admiración construido en la costa de mi juventud oriental y universitaria hacia Leonardo Padura: el beisbol.

Durante décadas en el torneo nacional, mi equipo de pelota los: Leñadores de Las Tunas, parecían atraer como imán fatídico todas las derrotas posibles. Negado a reconocerme habitual perdedor, serie tras serie desde los 5 años, quedaba con el sinsabor de no verlos nunca ocupar lugar alguno entre los primeros puestos o siquiera tener la alegría de una buena racha ganadora. Todo lo contrario a los Industriales, equipo ganador de campeonatos y odios por igual. No me encontraba en la segunda categoría, pues mi padre es habanero e industrialista, entonces saberme con el enemigo en casa suponía innecesarios conflictos y el autor de EHQAALP, también se encontraba; quiero creer que todavía; en ese dogout contrario donde todos se paran con euforia para recibir al compañero que acaba de conectar un home run. Semejante a mi padre, no podía hacer otra cosa que tener a Padura de admirado rival.   

Tres años después, envuelto en el hartazgo de mi cotidianidad, sabiendo cuanto mundo había carretera delante, decidí hacerme forastero en mi propio país. La Habana estaba en el colimador de mis anhelos. Únicamente volvería a Las Tunas en puntuales retornos. Pero también había guardado un bidón especial, cuando sintiera agotada la gasolina del atrevimiento en el tanque del auto por donde estaba desplazándome en aquella capital geografía de acentos. Deseaba agradecer y estrechar la mano del involuntario responsable de mis pasadas furias y continuas interrogantes. Después de leer EHQAALP la inconformidad se había instalado como vigía sobre la torre de mis pensamientos y decisiones.

Y así ocurrió.

Agosto 2016. Guía telefónica.

Una atrevida llamada de larga distancia desde el México en Las Tunas hacia Mantilla en La Habana.

Enero de 2017. Otra llamada desde una estación de trenes antes de regresar esa tarde noche para la universidad. Leonardo Padura al teléfono le dice un lugar de posible encuentro.

Continúa siendo enero y un tunero nervioso, becado en una universidad a más de 30 kilómetros de La Habana, espera en el Vedado. Por fin, saluda efusivo al escritor que tendrá un intercambio con unos estudiantes de Estados Unidos.

Hice una primera foto que perdí.

Mientras hablaba conmigo fumándose un cigarro, la naturalidad de aquel industrialista hacia el desconocido que todavía era para él, incrementó la admiración kilométrica y literaria, más allá de inevitables desacuerdos en materia de innings y strikes.  


                                                                   (Febrero de 2017)  

En 2018, después de graduado como ingeniero, bajé un poco la bandera de rivalidad y en una carta de agradecimiento; que tal vez ahora y siempre pueda leerse con rubor y vergüenza ajena, incluso para un desvergonzado total como yo; deseé que Industriales volviera a ser campeón nacional, siempre y cuando no fuese en una final contra Las Tunas.


                                                                   (Junio de 2019)

En 2023 ocurrió.

Una final extrañamente vaticinada por mí hacía 5 años: Las Tunas contra Industriales. Ganó mi equipo. Aquellas rachas de derrotas consecutivas eran solo pasado de una niñez donde también me empeñaba en ser bueno en el beisbol y fracasando rotundamente igual a Las Tunas en el torneo doméstico. 


                                         

Acumulados años y libros, victorias de Las Tunas y poca ventura industrialista, debo agradecerte por los descubrimientos, aprendizajes, inspiraciones y honestidad. Aunque también pedirte perdón por mis olímpicas inoportunidades. Pero esto último ya es inevitable. Ser una ladilla con sipkes tiene esa consecuencia para los demás, sobre todo cuando se admira mayúsculamente hace doce años.

Felices primeros 70.

¡Industriales campeón! Siempre y cuando no sea contra Las Tunas en una final.     




Pensar es un acto sin diplomacia y escribir supone romper pactos con la mesura. Leer, es una biografía de la pausa. Bienvenidos

Comentarios

  1. Tardé en descubrir a Padura, pero cuando lo hice quedé impresionado. Fue con Vientos de cuaresma. Venía de leer a Elmer Mendoza, que describía la cruel desesperada de un México al borde del abismo y tropezar con un Padura que mostraba una Cuba diferente en mucho al México de Mendoza, pero en esencia con un abismo semejante enfrente, sentí una profunda desazón.
    Leer a Padura es belleza y dolor, belleza por su fabuloso uso del lenguaje, dolor porque ese mismo lenguaje nos penetra de tal modo que percibimos perfectamente la realidad que nos narra.

    ResponderBorrar

Publicar un comentario