No soy muy dado a las nostalgias e intento aplicar siempre
la máxima del carpe diem. No obstante, cada cierto tiempo suelo decirles
a mis amigos: «Caballeros, estamos en España», como si la naturalidad con la
que vivimos y la ligereza al tomar decisiones —antes extraordinarias o
simplemente imposibles— nos parecieran y sucedieran de una forma
demoledoramente natural. Es ahí donde la procedencia y lo manifestado en ese
«Estamos en España» nos hace, o al menos me hace, entender la dimensión de lo
acumulado y también lo logrado en este lance trasatlántico que ya sobrepasa los
dos años.
El pasado viernes, un amigo español me preguntó si me sentía
emigrante o exiliado. El entusiasmo por esa interrogante me llevó a hilvanar
dos cuestiones que supongo, en mi caso, bifurcadas. Respondí que, en principio,
soy un emigrante, pero (el siempre útil y polémico «pero») las causales de esa
emigración se debían a una serie de privaciones de todo tipo que repercutieron
en la decisión de tomar el largo e incierto camino del migrante. En mi caso,
los traumas, las heridas o la consabida nostalgia estaban curadas por saberme,
años antes, migrante en mi propio país.
Entonces, la condición de exilio también podía caber, dada
mi resolución negativa a poner un pie de vuelta en el sitio que tanto
desasosiego físico y moral me provocó; aunque mi partida no haya sido, ni de
lejos, violenta, ni me hayan expulsado directamente del país como a muchos
otros, a quienes la marca escarlata de la disidencia los ha convertido en
verdaderos exiliados. En lo particular, respeto mucho la palabra exilio para
usarla como identificativo. En esas cuestiones, José María Heredia, José Martí,
su obra y vida, son los testimonios más vehementes de aquella centuria donde
el Plus Ultra en América para España todavía era realidad. Por otra parte,
los siglos XX y XXI, con la autofágica y exorcista revolución cubana, han
otorgado miles de condenas y cuños de salida —algunos visibles y otros
verbales— para hacer cumplir fehacientemente esa realidad.
Soy emigrante, aunque mi condición pudiera ser la de
exiliado, pues esa violencia subrepticia provocó mi salida, casi escape, al
igual que la de mis amigos desperdigados por el mundo. «Es un tipo de violencia
moral», comentó mi amigo, dándole sin pretenderlo una catalogación exacta a mis
argumentos.
Volviendo al tema de nostalgias y nombres asociados al
origen, centrado en esta nueva realidad en la cual vivo diáfanamente y de la
que a veces despierto con un «Estamos en España», en estos días, entre lecturas
y conversaciones (algunas derivadas en lo trascendente), he emprendido con
amigos viajes de corta distancia para traspasar la frontera de lo cotidiano y
acreditar verdaderamente, mediante paisajes y construcciones, dónde estamos.
Hoy fuimos de paseo a Ribadavia, una ciudad cercana que
demanda otras visitas a pesar de ser abarcable en una tranquila caminata. En
medio de la exploración, antes de cruzar un puente, mi vista atrapó la palabra
«Cuba» en una placa. ¿Puede ser, acaso, que la isla nos persiga? La consabida
foto de los caribeños bajo esa palabra, precedida por «Casa» y debajo
«Galicia», forma una trinidad azarosa y simbólica. Regresar a esa fotografía me
hizo volver a escribir después de un tiempo prudencial sin sentarme frente a la
computadora.
No extraño la isla. Hace tiempo, cuando todavía tenía el mar
a pocos kilómetros, levé anclas y marché a circunnavegar el mundo en una nao
cuyo aire era la fuga. Aunque, en el mapa que consulto a veces, mis ojos recaen
en esa palabra encontrada en una inesperada placa durante un paseo por una ciudad.

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Bestias hermanazo!!!
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