Me sobra la empatía con las personas que me rodean, incluso
con aquellas que no forman parte de esa lista ex profeso e inabarcable donde
los nombres sinónimos de amistad forman parte. Simplemente es mi forma de ser y
de reaccionar con el mundo.
Pero saberme, o no, demasiado sensible también ha sido motor
para el desconcierto. Recuerdo a una de las chicas de mi aula en el
preuniversitario que decidió no continuar en la escuela y no supe más de ella.
A los cinco años, aproximadamente, volví a encontrármela frente a un juzgado en
mi ciudad natal. Estaba con una persona que asumí que era su esposo. Mi alegría
al verla fue total. Pero su gesto apático, casi de desprecio, un: Ah… y volver
el rostro como si fuese un caminante casual y perfectamente olvidable, me
descolocó. Rememorar ese hecho supongo que ha sido el prólogo de otras
vivencias de similar naturaleza que, sin embargo, he podido asimilar con mayor
capacidad de absorción.
Incluso con los amigos no estamos exentos de sentirnos
decepcionados. Una tarde en La Habana, sentado en un balcón con mi amigo Héctor
Noas, conversábamos sobre cómo sentirnos responsables del bienestar de otros, y
que la correspondencia no fuera la misma, posibilitaba enfrentarnos al grueso
catálogo de la decepción. Ese aprendizaje no solicitado es tan visceral que
puede incluso derivar en lágrimas.
Saber que alguien está pasando por un proceso de duelo es otra de esas situaciones que inevitablemente activan el interruptor de la empatía. Alguien con quien colindan mis responsabilidades laborales hace poco tuvo una pérdida familiar. Primero le envié un mensaje del que, lógicamente, no esperé respuesta alguna. Haber procesado en su momento algo idéntico, me hizo pensar en esa persona a quien amé con profusión y que a veces regresa en sueños donde hablamos como si esa patria borrosa donde reside; como escribiera Octavio Paz; fuese solo una cuestión de percepciones.
A los pocos días me le acerqué para preguntarle cómo estaba, si había visto mi mensaje, y su reacción fue un calco de aquella lejana chica reencontrada frente a un juzgado. Conocer milimétricamente comportamientos de ese tipo me permitió manejar con ecuanimidad una reacción que, aun amparada en el dolor, fue soberanamente grosera, inmadura. Pero ante la indiferencia y la capacidad de perforación de sus proyectiles, solo queda mantener la bondad protegida y blindada.
La experiencia reciente, convertida en relato, no puede ser
una bola de demolición ante los arranques de empatía, aunque no solicitados,
inevitables. Vivir también es eso y la madurez es una curva pronunciada cuyo
término parece tan distante como su tiempo de recorrido.

A veces, casi siempre, vivir es sentir diferentes formas de dolor. La indiferencia de aquellos que en un modo u otro compartieron nuestro pasado nos transmite ese dolor de los días que se nos han ido y que jamás recuperaremos.
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